Bella Donna
Dicen en el pueblo que tiene poderes mágicos, que es vidente, unos dicen que la han visto de noche perseguir gatos negros por las angostas callejas, otros dicen que sabe leer las manos de los muertos, que es quiromántica. Dicen en el pueblo que lee la buenaventura en una bola de cristal, que practica el ocultismo y la magia negra con pelos de rata y polvos mágicos en calderos de bronce a la luz de la luna. Dicen en el pueblo que está en tratos con el mismísimo diablo, que te puede leer el pensamiento y robarte el alma, que practica la telepatía con descaro y sin reparos. Dicen en el pueblo que es una bruja de mal agüero, que la han visto bailar desnuda bajo la lluvia, en aquelarres dentro del convento y yacer con los frailes bajo hechizos de viles tormentos. Dicen en el pueblo que evoca a los muertos del cementerio con artes malignas, que es nigromante y captura por artes espirituales las almas de los difuntos que habiendo sido criminales vagan por este mundo. Lo dicen pero no es cierto.
Lo dicen las viejas cuando la ven y lo repiten las mujeres cuando envidian su belleza y los hombres cuando la desean y no la pueden tener.
Se despertó en la noche al sentir un cosquilleo sensual en la ingle, erótico, lujurioso, sonrió despacio, placenteramente, y volvió a cerrar los ojos para disfrutar de ese momento, de forma mecánica y a través de un acto reflejo repetido cientos de veces, su mano trasteó en el lado izquierdo de su cama, encontrándola extrañamente vacía, incrédula, sin abrir aun los ojos, su mano se movió entre las sábanas buscando, buscando, un desierto de soledad se extendía a su lado, abrió los ojos, se reclinó sobre la almohada y con la decepción dibujada en su rostro se dejó caer a plomo sobre el lecho abandonado y tomó conciencia de la realidad, estaba sola, nadie ocupaba el lado izquierdo de su cama, nadie le hacía caricias en sus zonas íntimas, y recordó su ausencia, su extravagante horario de trabajo, el cuadre de sus cuentas, sus negocios, las reuniones, los viajes, su frase pronunciada esa mañana al partir justo después de darle un beso desganado y frío: esta noche volveré muy tarde, no me esperes despierta.
En el reloj daban las dos y ella despertó soñando con sus caricias, el recuerdo seguía allí, intacto, sobre el privado y personal bosque de su ingle, y le deseó por momentos, sus manos acariciando deseos que se trasmutaron en odio en un transcurrir de segundos, en ese lapso de tiempo que tardó en tomar conciencia de su ausencia en aquella noche que prometía ser mágica y no era más que un esperpento de ilusión transformada en desencanto. Su sonrisa se hizo mueca. Su despertar todo un engaño.
Cuando la ira de la decepción fue dejando paso a la calma en que toda tempestad fragua, en aquel silencio, entre aquellas sábanas blancas, lo sintió de nuevo, sintió de nuevo su cuerpo, su aliento, el deseo, unos dedos peinando las rebeldes briznas de hierba de su valle salvaje, se dejó llevar, se abandonó, se dejó hacer como extraviada en un perdido paraíso encontrado, efímero, fugitivo, etéreo. El maullido penetrante y agudo de una gata en celo la sacó del trance, era como el llanto de un niño en la noche, y volvió a la realidad, le volvió a odiar por no estar allí con ella esa noche. Sintió sed y caminando cuasi sonámbula a través de pasillos y salas oscuras desembocó en la cocina, se asomó a la ventana y contempló las estrellas, desde la constelación de la osa Menor, la estrella Polar le hacía guiños como un amante. Como un amante
Tumbada en la cama, sintió deseos de abrazarse a la almohada, con rabia, con despecho, con ansias de venganza, respiró profunda y pausadamente, se relajó, dejó fluir su furia, la ira que no la dejaba ser y lo volvió a sentir, unos labios besando su piel, vaporosos, pellizcando sus pliegues íntimos, matándola de celos y de placer, quería descubrirlo todo, esta vez no cerraría los ojos, quería sentirlo entero, su engaño, la amargura de la traición, ese sexto sentido de mujer y notó un escalofrío recorrer su cuerpo, un espasmo en su bajo vientre, una sacudida de placer que agitaba todo su ser, la fricción intangible de un objeto entrando y saliendo con crispación de su interior, bajo su pubis, estremeciendo y haciendo temblar todo su organismo, aferró sus manos al cabecero de su cama y esta chirrió presa de convulsiones, pero ella no se movía, sentía, tan sólo sentía el dolor que aquello le estaba comiendo por dentro, le sentía a él haciendo el amor con otra mujer en otro lecho, siéndole infiel, ¡ Así se pudriese en los infiernos ¡ , cuando esa sensación de éxtasis alcanzó su cenit, y el orgasmo se presentó en su más bella expresión, ella supo que ese sería el último, y recordó la canción He mojado mis sábanas blancas recordándote pero ella no lo hizo recordándolo, las mojó al mismo tiempo que él mantenía relaciones sexuales con otra mujer, en otra cama, y a la vez, sintiéndose ser ella aquella mujer, y teniéndole a su lado, incorpóreo e inmaterial, lo hizo con esa Virtud fatal con la que había nacido, esa percepción psíquica irreal de precognición que le había sido concedida como don ó como maldición, la misma que le decía que aquella sería la última vez aunque ella no lo deseara, aunque ella no creyese en sus propios dones ó no quisiera creer en ellos, por ello, cuando él llegó de madrugada, daban las seis en el reloj, ella le suplicó que hiciesen el amor, deseaba tenerlo y demostrarse a si misma que sus premoniciones de bruja eran tan sólo chiquilladas de enajenada, pesadillas de duermevela, mas él se disculpó, le dio tan sólo un beso de buenas noches y alegando un cansancio de mil años de trabajo acumulado se acurrucó entre las sábanas oliendo a perfume de otra cama, de otra mujer.
Dicen en el pueblo que la vieron sola tomando café, que se había vestido de negro, enlutada, que llevaba una sombrilla y una pamela cubriendo sus rubios cabellos, que estaba muy elegante, que su rostro no denotaba nada, que sorbía con deleite y en soledad aquel café y que su pensamiento tramaba alguna venganza, que ni siquiera miraba por la ventana, tan sólo disfrutaba del aroma cálido y humeante de su taza de café, nunca en el pueblo la vieron vestida completamente de negro. Dicen en el pueblo que la bella bruja, la bella donna, de tanto jugar con arañas, con tarántulas, se ha metamorfoseado en una viuda negra, un artrópodo ponzoñoso, e incluso en reptil que matase a distancia escupiendo veneno a lo lejos sin que la víctima intuyese la presencia del asesino a su lado. Tan lejos que inclusive pudiese cruzar océanos, allá donde un viaje de negocios te lleve dulcemente acompañando.
Ella siente unos labios que se posan sobre el borde de una taza, no son los suyos, son los de él, el bendito don precognitivo ha vuelto, siente su risa, sus labios, huele el perfume de otra mujer, es el mismo olor penetrante y nauseabundo que notó en la cama junto a su cuerpo la última vez que él no quiso hacer el amor, y de nuevo siguen juntos, los perfumes, en el tiempo, y siente el roce de una mano sobre la suya y unas caricias, pero está sola, y la viuda negra, la bella donna, muy despacio, lentamente va destapando un frasco, dicen que los más poderosos venenos se venden en frascos pequeños. Dicen en el pueblo que él murió lejos, en otra ciudad, en los brazos de otra mujer, cruzando el charco, transoceánico, y dicen que encontraron restos de veneno en su cuerpo y en su taza de café. En el pueblo dicen que ella lo mató, que usó sus artes de brujería, su mal de ojo, que se vistió de luto para su funeral, se vistió de negro, de viuda negra el mismo día que lo iba a matar. La bella donna dejó su última taza de café sobre la mesa, nadie vio cuando vertió en ella el contenido de un frasco pequeño, removió su contenido con la cuchara con mucha parsimonia, y esperó, esperó
Del otro lado del mar les llegó la noticia. Investigaciones policiales estaban siendo llevadas secretamente bajo sumario, fuentes no oficiales indicaban haber encontrado restos de veneno, de belladona, y había un único y presunto sospechoso, la mujer que le acompañaba.
La viuda negra se disculpó y pidió perdón cuando en un descuido la taza repleta de café resbaló de entre sus dedos, calló al suelo, se hizo mil pedazos y su contenido se esparció por entre las baldosas, mientras un presto camarero recogía los trozos rotos con un cogedor y los llevaba al cubo de la basura, el gato negro, fofo y gordo del dueño relamió el contenido del suelo momentos antes que el mismo camarero apareciese con un fregona y fregase el suelo, mientras la bella donna volvía a disculparse y a decir lo siento.
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